lunes, 21 de enero de 2013

... LA LEYENDA DE LA MISA DE LAS ANIMAS ...













 

     Con la escoba en la mano, Juan de Torres limpiaba el suelo del refectorio, como hacía todos las tardes, después de la silenciosa cena.
     De cuando en cuando paraba unos momentos y se quedaba mirando el vacío.
    Pensaba en su vida, con la tranquilidad que le daba su hábito oscuro y rudo.
      De su vida de otrora ni se acordaba ya … la dejó del otro lado de la gran puerta del Convento de San Francisco, en el día en que decidió abandonar todo y a todos y recogerse ahí.
      Atrás dejó recuerdos de su vida de caballero de ilustre familia, a los muchos que engañó, a las mujeres que había seducido … de la vida bohemia y sin objetivos que tenía.
      Una de esas tardes, huía de un marido celoso y, sin saber donde esconderse entró en la capilla de aquel convento.
        Fray Leopoldo lo hizo entrar en un confesionario y así paso sin ser visto cuando el engañado y tres soldados entraron buscándole.
      Fray Leopoldo aprovechó para hablarle de la vida infame que llevaba … de como el juizo final no tendría contemplaciones a la hora de juzgarlo … una media hora que le cambió la vida …
        De ahí se fue a su casa, pasó toda la noche en blanco pensando en aquellas palabras … comprendió cuán equivocado estaba …
    Al día siguiente se presentó en el convento preparado para penitencias y una vida de reclusión voluntaria … lo aceptaron …


 

       Y ahí estaba él … cumpliendo … limpiando su alma … y el suelo del refectorio.
    Terminó la tarea y se fue, caminando tranquilamente hasta su habitación … una celda austera … pero que sentía muy acogedora.
      Se acostó una media hora y como todas las noches hacía, salió de nuevo y se dirigió a la capilla, la misma capilla en que se refugió hace unos meses.
       Ahí solía meditar en el más completo silencio.
       Llegó, miró a su alrededor … como siempre estaba solo …




 

       Pero, unos minutos después el silencio fue interrumpido por pasos de alguien que llegaba.
      Miró sorprendido … por una puerta lateral entraba un fraile con un habito idéntico al suyo.
        Se quedó mirándole.
      El fraile cruzó la iglesia, se fue a la sacristía y vistió la alba y la casulla como si tuviese la intención de decir misa.
       Depositó el caliz … después, con lentitud, miró su entorno … una y otra vez …
      Se escuchó un profundo suspiro … después de una pequeña pausa volvió a coger el cáliz y se dirigió a la sacristía.
       Volvió poco después, ya sin las vestimentas de decir misa, y, triste y abatido, de nuevo cruzó la iglesia y desapareció por la misma puerta por donde había entrado.
       El silencio inundó nuevamente todo el convento.




 

        Juan no sabía que pensar … pero tampoco le dio muchas vueltas.  Sintiendo que ya bastaba de oraciones se levantó y, después de una pequeña venia al pasar por el altar, se recogió a su habitación.
         El día siguiente fue igual a todos los demás días.
      Por la noche, igual rutina … y a pesar de traer aquel Noviembre unas noches muy frías, Juan, por las 12h de media noche volvía a la iglesia para rezar y meditar.
       También aquella noche el silencio de sus pensamientos fue herido por unos pasos.
       Se repitió la misma escena de la noche anterior … el mismo fraile … los mismos movimientos … y de nuevo la retirada sin llegar a decir misa …
       Juan se sintió aún más intrigado que en la noche anterior.
       Decidió, sin embargo, no comentar lo sucedido con nadie.
      Pero, en la noche siguiente, todo se repitió de nuevo … algo pasaba ahí …






         Cuando el sol aún solo amenazaba con hacerse ver, Juan hizo sus oraciones matinales, un poco más rápido que de costumbre.
        Tomó la decisión de buscar una oportunidad para hablar con el prior y contarle lo sucedido.
          Sabía a que hora entraba el superior en el refectorio y se dirigió a él:
           --- Perdone señor … necesito hablarle de algo importante.
          El prior lo miró con curiosidad … lo conocía bien
          --- Fraile Juan, no me diga que se está agotando su vocación …!!!
          --- No señor … es otro el motivo por que necesito hablaros.
          --- Bien … después del desayuno tengo unos minutos que le puedo dedicar … nos encontramos en mi despacho?
          --- Muy bien … Eminencia …
     --- Tranquilo … aún no es para tanto … tal vez un día sea Eminencia … --- y dejándole un sonrisa corta le dio la espalda y entró para comer.
Juan no tenía hambre … había pasado la noche pensando en lo que iba contar al prior y la mejor manera de exponerle los hechos … el prior era conocido por su falta de paciencia y por sus modos duros para con quien no le caía bien …
         Juan sabía que el conocía su pasado, y aunque lo hubiese recibido en el convento, le había dejado bien claro, que no creía en su repentino arrepentimiento.
        Poco más de media hora más tarde estaba en su despacho contándole la anécdota con los más apurados detalles que podía.
           En principio el prior lo miró con cara de incredulidad, pero, ante la repetición de la historia al menos tres días, cambió de expresión …
         --- En que día empezó todo?
         --- Día 02, señor.
        Hubo unos minutos de silencio …
      --- Haga una cosa, Fraile … vuelva esta noche a la iglesia y si se repiten esos hechos ofrézcase para ayudarle a la misa.
       --- Así haré, señor …



  



        El día se arrastró penosamente … Juan deseaba que llegase la noche, curioso de cómo pasaría todo …
        Y así fue. A la misma hora de siempre … los mismos pasos … el mismo fraile … el mismo ritual … y cuando el depositó el cáliz y miró a su alrededor, Juan salió de la oscuridad.
          --- Quiere su paternidad que le ayude a la misa?
         El fraile le miró y sus ojos brillaron en la oscuridad …
         Ante su silencio, Juan tomó la iniciativa y cogió el cirio.
        Entonces el otro fraile inició la misa.
       Escuchó por vez primera la voz del fraile cuando empezó el Santo Sacrificio.
      Juan estaba ya acostumbrado al latín : ”leatificat juventutem mea“ … pero en su lugar y en una voz bien clara escuchó al fraile decir: “ leatificat mortem mea “ … pero fué contestando al fraile siguiendo el ritual de la misa … “Dios irae dies illa”.
       Por fin terminó de decir la misa, y cubriendo el cáliz lo puso en la mesita de la sacristía donde se despojó de la casulla y ornamentos, y volviéndose al lego le dijo:
        --- Gracias, hermano, por el gran favor que habéis hecho a mi alma. Yo soy un fraile de este mismo convento, que por negligencia dejó de oficiar una misa de difuntos que me habían encargado, y habiéndome muerto sin cumplir aquella obligación, Dios me había condenado a permanecer en el purgatorio hasta que satisficiera mi deuda. Pero nadie hasta ahora me ha querido ayudar a decir la misa, aunque he estado viniendo a intentar decirla, durante todos los días de noviembre, cada año, por espacio de más de un siglo.
       Diciendo esto le hizo una pequeña venia y desapareció por la misma puerta de siempre. 








 

       La Plaza principal de Sevilla, que llamamos Plaza Nueva , es el solar del convento de San Francisco, derribado en el siglo XlX, edificio que por ser el mayor de los conventos franciscanos de toda España se llamó " La casa grande de San Francisco".
      De aquel convento, al derribarlo, solamente quedó una pequeña capilla, la capilla de San Onofre, que todavía existe hoy, si bien casi siempre está cerrada y no es muy conocida. 



 

        En esta capilla ocurrieron estos sucesos.
       Esta historia ocurrió, según cuenta la crónica de dicho convento, en el año 1600.



Basado en el libro de Antonio Camel, Sevilla, Misterios y Leyendas.
Dramatización – jorge peres

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